Lo que no soltamos nos cuesta todo

La Herida de Bruja y el arte de dejar ir

 

Hay algo que quiero contarte.

 

Algo que no suelo compartir en público. Algo que guardé durante años porque no sabía cómo nombrarlo.

 

Porque nombrarlo significaba tener que mirarlo de frente.

 

Hace más de 25 años fui a ver a un médico prestigioso que ofrecía regresiones. Yo llegué hasta él por algo que parecía simple: el miedo a las ratas. Un miedo irracional, desproporcionado, que no tenía explicación lógica en esta vida.

 

Pero lo que surgió en esa sesión no tuvo nada que ver con las ratas.

Surgió una vida pasada. Una bruja de fuego. Una rabia y un odio que me quemaba por dentro con una intensidad que nunca había sentido en esta vida.

 

No voy a contarte los detalles de esa historia. Porque hoy no se trata de ella.

Se trata de lo que esa sesión me reveló: que había una herida en mí. Una herida antigua. Una herida que no había comenzado en esta vida pero que estaba viviendo en mi cuerpo, en mis decisiones, en mi incapacidad para conectar con el merecimiento y con las posibilidades de amor que existían para mí.

 

Esa herida tenía nombre.

La Herida de Bruja.

 

Y fue ahí donde comenzó mi camino. Mi búsqueda. Mi sanación.

 

Lo que no soltamos nos pesa

 

En la vida, soltar es lo que más nos cuesta.

 

Soltar una relación que ya no nos nutre. Un trabajo que hemos dejado de amar. Una versión de nosotras mismas que ya no encaja con quienes elegimos ser hoy. Un recuerdo. Una herida. Una historia que alguien nos contó sobre quienes somos y que, sin darnos cuenta, hicimos nuestra.

 

Nos aferramos. Acumulamos. Aguantamos.

Y lo que no soltamos nos pesa. Se convierte fácilmente en bloqueos, en miedos que cargamos sin saber de dónde vienen, en una niebla que nos impide ver las posibilidades que hay para nosotras.

 

Es como el aire que no expiramos. Se vuelve tóxico.

 

A veces no soltamos por una razón más profunda:

no creemos que, debajo, algo nuevo ya esté creciendo. Y eso asusta.

 

Hay una variedad del bambú, originaria de China, que cuando plantas su semilla, tarda siete años en brotar. Siete años sin que veas nada. Sin señales. Sin evidencia de que algo está pasando bajo la tierra.

 

Y de repente, en cuatro meses, alcanza treinta metros de altura.

 

No estaba muerta. Estaba echando raíces.

 

A veces soltar no significa rendirse. Significa confiar en que algo nuevo está creciendo, aunque todavía no puedas verlo.

 

La herida que no sabíamos que teníamos

 

Pero hay un tipo de soltar que va más allá de las circunstancias externas.

 

Hay heridas que no comenzaron contigo. Que no nacieron en tu infancia ni en tus relaciones adultas. Que llevas en la sangre, en los huesos, en ese miedo que aparece cada vez que estás a punto de brillar de verdad.

Ese miedo que te dice: no hables tan alto. No te hagas notar. Quien te crees que eres.

 

Durante siglos, las mujeres que sanaban, que intuían, que lideraban, que simplemente se atrevían a ser demasiado de algo — demasiado libres, demasiado sabias, demasiado poderosas — fueron perseguidas.

 

Y las que sobrevivieron aprendieron a sobrevivir de la única manera que podían:
Apagando su luz.

 

Ese aprendizaje se grabó en el cuerpo. Se transmitió de generación en generación. Y hoy vive en ti — aunque no sepas de donde viene — cada vez que te empequeñeces, cada vez que ocultas tus dones, cada vez que sientes que eres a la vez demasiado e insuficiente.

 

La Herida de Bruja no es solo historia. Es un peso ancestral que vive en tu campo energético y que bloquea exactamente lo que más deseas:

el merecimiento, el amor, la expansión.

 

Yo lo viví de primera mano en aquella regresión de hace 25 años. Y lo he visto en cientos de mujeres que llegan a mí con historias distintas, pero con la misma sensación: algo las frena. Algo que no pueden explicar. Algo que se siente más viejo que esta vida.

 

Soltar la herida que no elegiste

 

¿Qué hay en tu vida que llevas tiempo cargando y que quizás ya es hora de dejar ir?

 

Puede que ya lo sepas. Puede que lo intuyas, pero no te atrevas a nombrarlo. Puede que tu cuerpo lo sepa antes que tu mente — en esa tensión que aparece cuando piensas en cierta persona, en ese agotamiento que no tiene explicación, en ese freno invisible que aparece justo cuando estás a punto de avanzar.

 

Es normal no dar el paso. Los cambios asustan. Y muchas veces necesitamos a alguien que nos acompañé.

 

Pero lo que sí puedo decirte es esto:

Sanar la herida que llevas bajo la piel — esa herida oculta que quizás no sabías que existía — puede transformar algo profundo en tu vida.

 

No de golpe. No de manera mágica.
Sino de la manera en que crece el bambú.
Echando raíces. En silencio. Con certeza.

 

Hasta que un día despiertas y algo en ti es diferente.
Duermes diferente. Reaccionas diferente.

Recibes diferente.
Y las posibilidades que antes no podías ver… de repente están ahí.

 

Porque soltar la herida no te quita nada.

Te devuelve lo que siempre fue tuyo: tu voz, tu poder, tu luz, tu merecimiento.

 

El primer paso

Reconocer que algo está ahí es el primer paso.

No tienes que saber exactamente que es. No tienes que entender su origen. No tienes que estar lista.

 

Solo tienes que estar dispuesta.

Dispuesta a mirar. A sentir. A dejar que la luz entre en los lugares que llevaban demasiado tiempo en la oscuridad.

 

Yo llevé años en ese camino. Y lo que aprendí es que no se camina solo.

 

Se camina con guía. Con herramientas. Con un proceso que te sostenga cuando lo que surge es más grande de lo que esperabas.

Por eso cree la Activación de la Herida de Bruja.

 

Una meditación profunda y gratuita — con enraizamiento, intención clara, entrega a la energia divina y activación del perdón — para que puedas dar ese primer paso en un espacio seguro y amoroso.

 

Sin necesitar que todo esté resuelto antes de empezar.
Solo con la disposición de quien sabe que ya es tiempo.

Si quieres ir profundo el Taller de Perdón te está esperando.

 

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Con amor,

Cata Anami 🦋

Maestra de la Transformación y la Sabiduría

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